11 mar. 2018

"El lenguaje de los bosques" de Hasier Larretxea (Espasa, 2018)


El lenguaje de los bosques quiere ser el sendero que escojas cuando te adentres en un bosque. Este libro quiere que crezca un árbol en tu palma de la mano desplegada. Este libro quiere mostrar el aliento y la respiración de los pasos pendiente arriba. El sonido del rastro sobre el manto de hojas del otoño. Este libro quisiera ser guía, brújula y esencia de todo aquello que rodea al árbol. Este libro es tierra, raíz, corteza, rama, hoja y fruto. Es nudo y temblor. La esencia espolvoreada de una vida curtida entre la espesura de la naturaleza. A este libro le gustaría sortear la niebla que lo cubre todo para amanecer en un rincón del paisaje en el que los pájaros le cantan al nuevo clarear del día. Este libro es la semilla de una vida que florece en los reencuentros y en la búsqueda de la hoja de ruta de la infancia que curte miradas y esencias. Este libro quisiera representar la ramificación que se eleva hacia el cielo claro, donde se reencuentran las generaciones, el mundo rural y la vida en la ciudad. Este libro quiere ser indagación y reflexión, ruta y cobijo. 

Este libro es un testimonio, son todas esas historias escuchadas alrededor de la chimenea donde la realidad de los hechos supera la imaginación de lo fantasmagórico y lo mitológico, aunque la mitología debe colarse entre los resquicios del pensamiento y del racionamiento. Este libro es el viento que calma las almas azotadas por la crudeza que endurece la piel. Este libro quisiera embarcarse en la búsqueda infatigable de las raíces, de la esencia que se guarda en lo imperceptible, en los baúles abandonados del pasado. Todo aquello que pasó inadvertido a nuestros ojos llenos de estímulos pasajeros. Este libro quiere ser indagación y reflexión, ruta y cobijo, la ampliación de los territorios que nos dan vida. Este libro es un álbum de la memoria familiar y su relación con el árbol y el bosque. Este libro es un paisaje que se despliega y permite que las ráfagas de luz atraviesen la espesura de las hojas en los bosques frondosos de los Pirineos. 

Que no desaparezca el paisaje. 

Que se mantenga viva la llamarada de lo que nos ha conformado. De esas caminatas entre bosques, ríos y montañas a los dos lados de los Pirineos. 

Que a través de la escritura y de los libros se ensanchen nuestra mirada y el paisaje interno y externo. 

Que perdure esa mirada. La esencia de lo puro.



Que las costuras de la intimidad han reventado lo sabemos hace tiempo y lo tienen muy claro los espectadores de Black Mirror y de otras distopías que alertan de la llegada de los lobos tecnológicos. Lo que era más difícil de predecir es que esa intimidad expuesta (extimidad, dicen algunos) vendría de lo más profundo de los valles del Pirineo, de caseríos cerrados a la lluvia y a internet, de habitantes de mundos de muy ayer. Las heridas, conflictos y afectos de una familia protagonizan un extraño recital que recorre las ciudades de España como dando la razón a quienes sostienen que se rompieron las fronteras entre lo público y lo privado. Si se han roto de verdad, la familia Larretxea ha talado a golpe de hacha el último tronco que quedaba en pie en la muga. 

A Hasier Larretxea (Arráyoz, Navarra, 1982) le decían en el instituto que le iban a echar de casa y del pueblo. En clase de literatura escribía poemas donde quedaba de manifiesto su homosexualidad, en unos valles y en unos pueblos donde nadie estaba acostumbrado a que un chaval se expresara así. Años después, no solo regresa a su valle del Baztán, cuyo paisaje se dibuja en todos sus versos, sino que lleva al valle de viaje por toda España. O, al menos, a su aita y a su ama, Patxi y Rosario, que protagonizan un espectáculo que emociona y extraña a todos los que se lo encuentran. Hasier, el hijo poeta, recita su obra, en castellano y en euskera, publicada en libros como Niebla fronteriza (El Gaviero) o De un nuevo paisaje (Stendhalbooks). Son versos que hablan de la reconciliación, de la distancia y el cariño y del reencuentro con la casa. Mientras, los aludidos (especialmente, el aludido, Patxi), sierran madera y talan troncos con hachazos rítmicos que hacen la percusión a las palabras de Hasier. 

Patxi Larretxea, 61 años, campeón nacional de deportes de la madera en 2005, un atleta rural, una leyenda entre los aizkolaris (“el único aizkolari con barba”, recuerda su hijo), viene de un mundo de músculo y destreza. Quería que su hijo siguiera sus pasos, porque le veía hechuras de leñador y podía fundar con él una dinastía de deportistas vascos, pero el heredero andaba perdido de ciudad en ciudad, lejos del valle y de la vida de los aizkolaris, buscando en sus versos una forma de volver a casa y de lograr que su padre aceptase quién era, hasta que acabó en Madrid, donde pudo vivir su homosexualidad sin eufemismos y casarse con Zuri, a quien dedica sus libros. “Mi padre no venía a verme ni asistía a mis recitales poéticos —cuenta Hasier—, hasta que los amigos de la librería Garoa de San Sebastián me dijeron: ‘Yo creo que si le ponemos un tronco aquí en la puerta, se anima y viene’. Qué va, le dije yo, pero accedí, sin estar convencido. La sorpresa fue que mi padre vino y taló el tronco mientras yo recitaba”. 

La combinación fue catártica. El público recogía las astillas y pedía al leñador que las firmase. En vez de llevarse los poemarios dedicados, se llevaban trozos de madera. “No iba a estas cosas porque, ¿qué iba a hacer yo allí? Necesito hacer algo”, dice Patxi. “Mi padre hizo un esfuerzo enorme —cuenta el hijo—, se expresó como sabía expresarse, y en este tiempo se ha abierto a un mundo, expresa emociones que no creí que fuera a expresar, está feliz”. Aquello fue en 2013. Desde entonces, han llevado su reencuentro por una docena de ciudades, entre otras, Madrid, Pamplona, Barcelona o Zaragoza, y Hasier se han convertido en el símbolo de un cambio de actitud en la cultura y la sociedad euskaldunas, con caminos cruzados de idas y vueltas y prejuicios astillados. 

Rosario, la ama, ayuda a Patxi. Le saca las hachas del estuche como un caddie elige los palos del golfista, le señala dónde ha de asestar el golpe y sostiene el otro extremo de la sierra gigante. Rodeado de hípsters con pintas de leñador (pero sin hechuras) en el patio de l’Antic Teatre de Barcelona, en una performance organizada por la librería Calders, Hasier lee recuerdos de su padre, de su vida de aizkolari de torneo en torneo por los pueblos del País Vasco y Navarra, y destaca en un texto de Niebla fronteriza que su padre (pantalones blancos en la competición, chándal en los entrenamientos) llevó una vez para entrenar una camiseta de la selección española que escandalizó en aquel ambiente euskaldun y nacionalista. Patxi, con el filo del hacha a sus pies, en reposo, se ríe de la anécdota, y su risa domina toda la escena, porque la caja de resonancia es un pecho de piedra. Patxi es todo robusto, un cuerpo épico sin blanduras ni huecos, pero se ríe como un personaje de Pío Baroja y mira a su hijo con un orgullo antiguo, como si aquellos versos que lee fueran en realidad los hachazos que no quiso dar al negarse a seguir su estirpe deportiva. 

En estos espectáculos poéticos no sólo queda expuesta la intimidad de caserío y niebla de una familia euskalduna (“mi abuelo era un contrabandista que no sabía hablar castellano”, dice Hasier), sino los silencios de todo un pueblo. Lo de la familia Larretxea puede leerse como metáfora de una cultura que ha vivido demasiado tiempo encerrada. Parte de su éxito se debe, además de a la fuerza emocional y a las lágrimas que se enjuagan los asistentes mientras aplauden, a que puede leerse así, a que no se trata sólo de la reconciliación de un padre y un hijo, sino una especie de reconciliación colectiva.



Descubrimos a Hasier Larretxea a través de «La España vacía» de Sergio del Molino. Lo que simboliza la familia Larretxea-Gortari, padres e hijo, en sus actuaciones es la semilla del reencuentro entre generaciones, el diálogo entre la tradición y la vanguardia, el hombre del bosque y deportista rural con el hijo poeta. Los nudos convertidos en rama. Esta demostración honesta e intensa de la esencia rural y de la vuelta a los orígenes se simboliza a través de la madera y los sonidos que genera en el esfuerzo de enfrentarse en su corte a través del hacha o de la sierra. El poeta desde la distancia vuelve a sus orígenes y paisajes de los valles atlánticos de Navarra para dialogar con el pasado y con los ancestros para caminar por los senderos donde hallar los símbolos y significados a todo lo que dejó allí. En ese trayecto, los sonidos del sudor, esfuerzo y presencia en el pueblo se entremezclan con los versos de Hasier creando una ambientación y una sinergia donde se reencuentran los caminos anteriormente bifurcados. Hasier Larretxea nació en Arraioz, pueblo del valle de Baztán, Navarra, en 1982. Hace años que vive en Madrid. Ha publicado los poemarios Meridianos de tierra (Harpo Libros, 2017), De un nuevo paisaje (Stendhal Books, 2016), Niebla fronteriza (dos ediciones, El Gaviero Ediciones, 2015), Atakak (Alberdania, 2011) y su traducción al castellano Barreras (La Garúa, 2013) y Azken bala / La última bala (Point de Lunettes, 2008); y el libro de narrativa Larremotzetik (Erein, 2014). Ha participado en el proyecto Te cuento con la historia de «Pulgarcito» acompañando las imágenes del fotoperiodista Clemente Bernad (Alkibla, 2015). Junto a Zuri Negrín formó parte de Hazu Studio, donde escribió una frase cada día del año 2014 para el proyecto Un póster al día. Ha colaborado con el músico Leo Minax en la composición de la letra de la canción «Ladudada» (Lo que no estaba escrito, Aulanalua Records, 2015).

http://www.periferias.org/hasier-larretxea/

http://www.elcultural.com/revista/letras/Niebla-fronteriza/36365


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