20 ago. 2017

Carlos Traspaderne "Riberia" 2012-2016




Son imágenes que beben de la influencia de la fotografía documental, y tienden hacia el “no paisaje”. Nos proponen la contemplación de huertas, árboles, vallas, paredes sin pretensiones, lugares para guarecerse un rato o donde buscar quizás el ritmo más lento del labrantío, de los días, de las estaciones.
http://www.blog.pangea.es/agenda/2016/12/31/riberia-de-carlos-traspaderne








Los procesos de construcción de identidades son largos, complicados y, mayormente, absurdos. Las comunidades humanas no se forman por afinidades selectivas, sino a empellones por (sin)razones históricas, políticas, antropológicas, sociológicas y demás escasamente lógicas. Cuando un grupo de gente comparte un sitio más o menos común, tiende a buscar parecidos para liar regiones, naciones, estados, etc, casi siempre delimitados por imposiciones geográficas: mares, cordilleras, ríos. Ríos como el Ebro, un caudal de agua que suele ser complicado de vadear, que para cambiar de lado exige puentes; una obvia metáfora del encuentro voluntarioso de pueblos vecinos. Pero con el término Riberia queremos simbolizar no a entidades separadas por una vía fluvial, sino a los parecidos entre los pobladores de las orillas, que nos permiten el atrevimiento de bautizar así a su país. Si en otros sitios el río ha aglutinado a los habitantes de ambas costas, entre La Rioja, Navarra y Aragón siempre ha sido una trinchera civil que ha separado a aquellos que se parecen más de lo que creen.

Si un explorador remontase el Ebro sin saber nada de sus indígenas, como un Livingstone o un Aguirre cualquiera, desembarcando aleatoriamente, seguro que sería obsequiado con los mismos cardos, borrajas y pimientos, ofrecidos por simpáticos lugareños que hablan alto un idéntico acento. Al visitante habría que explicarle en largas y tediosas lecciones por qué esos tipos se hacen apellidar con gentilicios diferentes, cuando cualquier indocumentado supondría rápidamente que pertenecen a la misma tribu.

Vayamos a lo geográfico. Riberia podría ser el trozo de tierra que baja, ya pasado Logroño, hasta bien entrado Aragón, pasando por lo que podría ser su bicéfala capitalidad: Calahorra y Tudela. Los límites Norte y Sur vienen marcados por el comienzo de La Montaña, como susurran azorados los riberos para referirse a cualquier población sobre el más leve promontorio con césped. Porque Riberia es una tierra llana y roja, moldeada por su gran río en milenios de erosiones. Una cuenca sedimentada con la más rica de las tierras, que de no estar regada por el caudaloso río sería un auténtico solar, un erial como, pongamos, las Bardenas o el Gobi. Esa paradoja nuclear de Riberia se contagia a sus habitantes, formados como su tierra por estratos acumulados de la Historia: íberos, vascones, celtas, romanos, godos, musulmanes y cristianos. Estos últimos acastillaron sus reinos para tejer las fronteras actuales, a pesar de todo lo que unió a los pobladores durante siglos: las tribus prerromanas comunes, la lengua romance navarro-aragonesa o las intensas relaciones comerciales.

El ribero somete su terruño con la misma entereza que el Ebro arrastra la zaborra. Sin contemplaciones, transforma su hábitat para adaptarlo a sus necesidades. Toma y readapta materiales sin concesiones a futilidades como la belleza o el buen gusto, practicando la sinceridad que otorga el pragmatismo. Esta forma de moldear el entorno es la seña más directa y contundente de la independencia estética de Riberia, y es la que se ha intentado plasmar en estas imágenes.

Carlos Traspaderne
Riberia, 2015
http://riberiada.tumblr.com/elproyecto
http://riberiada.tumblr.com/

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