15 ene. 2017

"El perdido" (El perdut) de Christophe Farnarier, 2016.

El perdido (El perdut) de Christophe Farnarier, 2016. 

Sinopsis: 
En Febrero de 1994, en la comarca del Ripollès (Girona), un hombre desaparece sin motivo. Martí es un hombre normal; no es un loco ni un muerto de hambre, sólo alguien tímido y retraído. Una mañana conduce su moto alejándose del pueblo. La deja a los pies de un roble, junto a su cartera y una gorra, y se pierde en el monte. Lleva una escopeta de caza con la que intenta quitarse la vida, pero no tiene valor. Tampoco se atreve a volver al pueblo y pasa la noche a la intemperie, en los campos que conoce desde pequeño. No vuelve al día siguiente, ni al siguiente, y comienza una vida de supervivencia en el monte. 



Se esfumó en febrero de 1994 y como único rastro dejó unas zapatillas a orillas del río Guadajoz. Su hermano, con el que trabajaba en un cortijo de Villares, lo interpretó como una señal de algo. Probablemente, de que se había quedado en Córdoba y no había cruzado a Jaén. Miguel Mérida no era un loco ni un raro. Como mucho, un tipo tímido con escasas dotes sociales. Aquel febrero, hace 26 años, subió en moto a la Sierra Sur para pegarse un tiro con su escopeta pero en el último momento no encontró el valor. Como tampoco se atrevía a volver, se quedó a vivir allí. “Yo esto no lo tenía preparado”, le dijo a un periodista del Diario de Jaén cuando lo encontraron y lo arrestaron después de catorce años viviendo solo en el bosque, sin hablar con nadie, sobreviviendo con lo que la naturaleza le daba. Al parecer, había empezado comiendo almendras. Luego, aceitunas pasas. “Lo del suicidio sí que lo tenía planeado”, contó. Lo otro, simplemente, fue ocurriendo. Para ir tirando, robaba comida, herramientas, animales a los campesinos de la zona. En Alcaudete, cuando echaban de menos algo decían que se lo había llevado ‘El perdido’. 

“Me llamaron unos productores de Madrid y me dijeron que había una historia que querían que contase, la de un andaluz que había desaparecido en el monte durante catorce años”, recuerda Christophe Farnarier de un proyecto que nació hace cinco años, mientras el documentalista (La primavera, El somni) y director de fotografía (Honor de cavalleria) realizaba su último filme en el Pirineo catalán. “Me apetecía rodar algo allí, pero sobre todo es que acababa de leer Walden y esa idea no dejaba de rondarme”, cuenta el director sobre el famoso ensayo en el que Henry David Thoreau narra los dos años que vivió en una cabaña construida por él mismo cerca del lago Walden. “Lo que me interesó es esa contradicción según la cual el hombre lo tiene todo pero es incapaz de ser feliz; y sin embargo, con pocos medios puede llegar a serlo”.

El perdido, lúcida revelación de Zonacine que compite en la 19 edición del Festival de Málaga, comienza de manera muy parecida a la historia real de Miguel Mérida. En un plano largo, un hombre conduce una motocicleta. El camino es espigado, a las faldas de una ladera. El ruido de la moto desborda el plano. Llegado un momento, el hombre detiene el vehículo y continúa el camino a pie hasta que aparece la nieve. Entonces, se sienta debajo de un árbol y apoya la barbilla sobre la escopeta. Pero no dispara. “En un momento determinado hace un fuego y tenemos delante la historia de la humanidad”, explica Farnarier sobre su personaje que, al no haberse atrevido a quitarse la vida, sigue ascendiendo por la montaña con el objetivo de morirse de hambre o de frío. Pero tampoco lo hace. El instinto de supervivencia vence. Empieza bebiendo nieve, comiendo plantas y enseguida está cazando animales. “Aparece el cazador, el nómada, luego se construye una cabaña pequeña y, más tarde, otra más grande. Con sus manos va construyendo una nueva vida, se va civilizando pero camina hacia una civilización no violenta, pacífica, en paz consigo mismo”, cuenta el director.

 http://www.cinemania.es/noticias/malaga-2016-el-hombre-que-se-perdio-para-encontrarse-a-si-mismo/

La película impacta por su libertad experimental, a medio camino entre el documental y su reconstrucción a través de la ficción. La radicalidad del planteamiento estético contrasta con la universalidad del relato interior del protagonista, y es aquí donde Farnarier consigue su mayor triunfo. Del género documental mantendrá sobretodo algunas premisas estéticas, así como el sonido directo y los escenarios naturales. Estos elementos impulsarán exponencialmente la entidad emocional de la ficción, ya que es en este terreno donde todo está por construir. La búsqueda de la verdad a partir de la fantasía. La del actor, que deberá hacer suyos tanto los espacios como los objetos, pero también la del espectador, que deberá reconstruir a partir de la experiencia un argumento que no incluirá diálogo alguno.

La implicación de Adri Miserachs resulta imprescindible para el éxito de la propuesta, ya que aquí no tendrá que interpretar escenas, sino vivir una experiencia real. Gracias a su entrega y total adecuación a la propuesta de Farnarier, asistimos a una deconstrucción intrínseca al material proyectado sobre la verosimilitud y la verdad que, en contraposición a la dinámica imperante en la industria hoy un día resulta muy reveladora y, además, comparte una clase maestra sobre figuración y elucubración cinematográfica para captar los recovecos más profundos del alma humana. El discurso narrativo de la imagen será aquí culminante, ya que todo se manifestará a través de su capacidad representativa.

http://cinedivergente.com/festivales/festivales-2016/da-2016-festival-de-cine-de-autor/el-perdut-el-perdido


Hay películas que no se entienden sin conocer un poco el proceso de su creación. El perdido empezó, como la mayoría de películas, siendo un manojo de folios. El guión adaptaba una historia real ocurrida en Andalucía y le añadía una gran influencia de Walden. Con ese guión como mera guía, Christophe rodó su película en treinta y cinco días de rodaje repartidos a lo largo de un año, moviendo a su equipo «inferior a diez personas» por todo el territorio catalán. En esos treinta y cinco días filmó cerca de sesenta horas de material, en el que afirma que no había ni una toma mala, ni un plano gratuito. Sencillamente sale tanto metraje porque todo se hace de verdad: la cabaña, por ejemplo, la construyó Adri Miserachs (el actor protagonista) con sus propias manos, clavo a clavo y ante la atenta cámara de Christophe, que no se perdió ni un solo golpe de martillo. Finalmente, Christophe se llevó esas sesenta horas a la sala de montaje y las convirtió en una película de hora y media.

«Este proceso tiene que ver con algo que decía Godard sobre las fases artísticas de una película. Al principio de todo hay una idea sobre la que trabajas, por medio de la imaginación y la escritura. Después con una cámara (un objeto tecnológico), vas a crear material: y aquí intento disfrutar con la cámara, tomando el guión solo como un poso de ideas. Y la última fase es el montaje, que es cuando vuelves a tu idea del arranque, coges el material que tienes, y buscas la película. Aunque suene muy raro, creo que en el fondo la película preexiste. Antes de que yo haga la película, ya existe en algún lugar con su forma definitiva. Está por ahí, y yo la busco hasta encontrarla. El montaje consiste en encontrar el camino que te lleva hasta la película que querías. Y cuando la encuentras, la reconoces: es como cuando sale tu hijo del vientre de su madre, lo miras y lo reconoces. Pues el montaje de una película es lo mismo: es reencontrarte con tu película».







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